miércoles, 22 de junio de 2016

Tócate

Dices que tus manos no te pueden dar cariño. Es probable que no lo hagan en la manera en que sueles usarlas.
Probemos algo distinto hoy. Voy a narrarte algo directamente a ti y quiero que lo vayas haciendo realidad. Será fácil. Si lo haces bien, descubrirás el poder de tu imaginación y lo que puede llegar a hacerte sentir.
Con un poco de suerte y si te adentras bien en el relato, sentirás cosas muy agradables.
Empezamos.

Necesito que estés tranquilo, a solas. La luz, tenue o apagada mejor.
Imagíname delante de ti dándote las instrucciones, mirándote atentamente pero sin inmutarme. Tan sólo hablo para que vayas haciendo. Obedeces sin prisa, sintiendo intensamente cada roce fundiéndose con mi voz. Así me gusta...

Quiero que te levantes un poco la camiseta y metas una de tus manos. Acaricia suavemente tu abdomen, describiendo círculos a muy escasa velocidad. Puedes entretenerte haciéndolo, tómate tu tiempo en cada tramo que prefieras.
Con la otra mano acaricia una de tus piernas. Entretanto, levántate un poco más la camiseta y toca tu torso. Siéntete, siente tu calor, tu piel, ese roce tan vivo... Párate a percibir cada golpecito de los latidos de tu corazón. Cierra durante un minuto los ojos y escucha tu propio respirar mientras sigues acariciándote. Muy bien...

Quítate la camiseta. Levanta también un poco tu pantalón si lo tienes corto y holgado tipo pijama o quítatelo completamente si es tejano o pantalón largo. Acaricia ambos muslos con las manos tan lento como te sea posible. Disfrútalo, de eso se trata. Repite el movimiento yendo y viniendo, es tu cuerpo, todo tuyo nene.
Sé travieso, acaricia por encima de la ropa un poco tu paquete. Luego vuelve a subir con ambas manos por tu torso pero hazlo con energía. Dedos en garra, deséate. hazlo como ninguno lo ha hecho antes. Gira al llegar a tu cuello para poder desembocar esa caricia intensa en tu nuca y recorre toda tu cabeza. Lo estás haciendo muy bien...

Tócate, tócate libremente sin necesidad de mis palabras. Explora por aquellos sitios que tu cuerpo pida. Hazlo en el ritmo que prefieras, ve cambiando y repitiendo. Ahora la elección es tuya.

Ahora quiero que te tumbes, pero completamente desnudo. Sitúate en la comodidad e intimidad de tu cama. Ábrete ligeramente de piernas, mirada al techo. Lo siguiente lo harás con los ojos cerrados. Libera breves suspiros tan hondos como puedas. Sé consciente de tu respiración, puedes sentir cómo tomas el aire y cómo lo sueltas. Puedes contar los segundos entre cada proceso y puedes sentir ese roce del aire con tu boca. Acaricia tus labios, hazlo despacio, muy despacio. Si te sientes juguetón puedes meter un dedito en la boca y explorar. Si no, quédate vagando en la sensualidad de tus labios. Mientras los tocas, imagínatelos. Imagina cada rugosidad, imagina su color. Imagina esos labios besando otros igual de tiernos. Imagina el roce de una lengua en ellos, una lengua que te acaricia despacio y con amor.

La otra mano serpentea por tu torso y va bajando. Imagina todo su recorrido, imagina tu pecho, tus costillas, tu cintura, tu ombligo... Imagina cada milímetro de contacto y siéntelo con ganas. Luego llega a tu pubis. Roza ese vello y sonríe. Hazlo, sonríe. Muy bien.

Rodea la base de tu pene con un par de dedos y no avances. La otra mano la llevarás a uno de tus muslos, a la zona interna, y desde la rodilla hasta la ingle hará un único recorrido de ida pero que resulte agónicamente lento. Tienes todo el tiempo para dedicártelo a ti mismo, permítete el lujo de detener el reloj.

Acaricia con un dedo toda la línea de tu pene. Es todo tuyo. Con la otra mano roza suavemente tus testículos. Así me gusta... Ahora vuelves a tener un momento de total libertad para hacer lo que te plazca.

¿Estás erecto? No te masturbes. Sólo rózala de cuantas formas se te ocurran, pero suave. No te toques como otras veces, esta es distinta, especial. Cierra los ojos e investiga por tu piel las zonas que mejor provoquen tus escalofríos. Rózate también con la sábana, juega con ella para alcanzar sitios que de otra forma no podrías, como la espalda. Muévete, abrázate y pasa tu cara por la almohada. Cambia de postura, ponte a 4 patas y llévate una mano a tus genitales. Masajéalos.

Túmbate, despeina tu pelo, alborótalo. Agarra un buen mechón y tira de él exhalando un buen suspiro. Imagíname ahora ante ti, sin estar tumbado pero inclinado sobre tu cuerpo, muy cerca. Te pido que sujetes mis manos y las lleves por tu cuerpo. Ahora te acariciaré yo con mucho mimo, como mereces. Te haré sentir especial. iré susurrándote y tus manos serán las mías.
Llévalas donde quieras: a tu nuca, para tirar de tu pelo e inclinar tu cabeza hacia atrás y besar tu barbilla. Puedo también deslizar un sólo dedo por la línea de tu columna vertebral y provocar un leve estremecimiento de tu piel que acabe en tu culo. Tus hombros pueden rendirse a mí, tu vientre también puede hacerlo, y tus caderas, y tus piernas.

Túmbate de nuevo en la tranquilidad y soledad de tu habitación. Respira profundo, siendo plenamente consciente de tu respiración. Estás solo. Tu cuerpo te pertenece. Dite algo bonito, o susúrralo. Suspira a ratos, pero esta vez relajándote cada vez más. Deja que tu cuerpo pese y reposa tus manos sobre tu vientre.
Cierra los ojos y deja la mente en blanco.


Quiérete.



    ©Leo Sarmed. 2016.



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