sábado, 18 de junio de 2016

EL MASAJE | Parte 2 (Erotismo gay)

Estaba sentado sobre su cuerpo. Dejé de masturbarlo para acto seguido dirigir el extremo de su miembro al encuentro de mis nalgas. Lo situé bien en la línea de mi culo y acompañé el roce con más lubricante. Una vez conseguida la situación deseada, me incliné hacia adelante y comencé a moverme suavemente para que su miembro se deslizase por la línea de mi culo sin llegar a entrar. Me gustaba jugar y, a juzgar por su gesto entonces, a él también le atraían mis juegos.

Proseguí con mis movimientos de vaivén intensificando el roce por momentos. Me encantaba sentirlo tan duro y humedecido, resbalando sin problemas por mi piel. Quizás la situación daba pie a un polvo totalmente predecible y simple; bastaría avanzar un paso introduciendo el miembro y sentándome despacio mientras contraigo el rostro por un breve dolor inicial. Pero no. No me gusta hacerlo tan simple. Y no lo hice.
Todavía nos encontrábamos en el área de los preliminares. Me encanta este sitio: tan extenso, tan eterno y agónico… La imaginación suele desbordarse en este punto y, bien jugado, no deja lugar al retorno. Me levanté de la cama y le indiqué que me siguiese. Llegamos al salón y pronto nos envolvió un olor a incienso afrodisíaco. Provenía de una barra que había estado ardiendo mientras se desenvolvía la magia en el dormitorio.
El masaje aún no había acabado, sólo cesaba de forma intermitente. Era mi hilo argumental, un hilo que adoptaría diversas formas a lo largo de todo ese relato llevado a la realidad. Le hice sentar en uno de los sillones y rápidamente lo esposé a los reposabrazos de madera. Sonrió con cierto aire de sorpresa. Me gusta…

Coloqué ante él otro de los sillones del salón y en éste me senté yo. Cabe recordar que estábamos desnudos y lo cierto es que ya bastante calientes. Conteniendo todos mis instintos seguí el juego evitando lanzarme a rematar cualquier faena posible. Me senté con las piernas abiertas, mirándolo fijamente. Mientras, me acariciaba las piernas con tranquilidad y picardía. Lo mismo hice con mis testículos, invitándole con mis gestos a mirar mi zona íntima. Lo hacía, su mirada deambulaba entre la mía y mis genitales. Liberaba unos suspiros incontrolables del deseo de comerme allí mismo. No… todavía no.

Las caricias se sucedieron por mi torso mientras cambiaba de posturas. Ahora me ponía de lado, luego de pie, más tarde arrodillado. Cualquier idea era válida para prolongar más y más el momento. No obstante, en mi mente había una regla fría y manipuladora en la que primaban las expectativas: cada nuevo movimiento debía acercarme un poco más a él. Evidentemente, su erección se mantenía en todo momento en su máximo nivel. Yo también se la observaba a ratos, deseando a más no poder probarla en condiciones.

Llegado a sus rodillas, me puse en pie y me di media vuelta. “Tócame”, le pedí a sabiendas de que le era totalmente imposible. Tan sólo soltó una leve risotada de impotencia y encontré un gesto suplicante. Me incliné para acercarme a él. Me senté sobre su regazo y volví a pedírselo: “Tócame, hazme tuyo”. Esta vez fue un profundo suspiro lo que soltó por la boca. Suspiro que llegó a mi nuca y la recorrió como un escalofrío. Me eché hacia atrás y mi espalda se unió a su torso. Besó como pudo mi cuello e hizo un amago de arrancar las esposas; pero no pudo.

El deseo seguía creciendo y el juego avanzaba. En el siguiente nivel puse unas reglas. Le quité las esposas, pero seguía sin poder tocarme. Si cumplía, obtendría su recompensa. Atrapando sus rodillas entre mis piernas y muy cerca de él comencé a ponerlo a prueba. Eché algo de saliva en mi mano y me la llevé al pene. Me masturbé ante su atenta mirada y lo hice con fuerza, con ganas, con ritmo. Podía incluso escuchar el sonido de mi mano resbalando por todo mi aparato.

-¿Te gusta?- cuestioné travieso.
-Sabes que sí- respondió en tono ofuscado.

Está bien. A partir de ahora podría tocarme, pero me molaba el rollo del “sense privation”, por lo que pasé a sustituir las esposas por un antifaz que le impidiese ver lo que a continuación tendría lugar. Me senté sobre él dejando que mi pene tocase en todo momento su vientre y comencé a acariciarle el cuello. Lo besé, no pude evitarlo. Lo hice con ganas pero despacio, perdiéndome en su lengua. Lo disfrutaba, lo disfrutábamos, mucho. Mis manos en garra de nuevo por su nuca mientras seguía moviendo labio contra labio y lengua contra lengua. Como por instinto, llevé una de mis manos a mi miembro para seguir masturbándome. Él se dio cuenta y me lo hizo saber con un mordisco premeditado en el labio inferior.

Masajeé su pecho y seguí por su vientre. En ese preciso instante en que creería que mi tacto alcanzaría su zona más delicada lo sustituí por mi boca. Atrapé su glande entre mis labios y, debo admitirlo, lo disfruté como nunca. Aún persistía algo del sabor a cereza, pero sin embargo notaba un cambio con respecto a la situación del dormitorio. Quizás se debía a que nuestro nivel de excitación seguía subiendo a unos niveles desorbitados.
Hice una pausa dramática y procuré no hacer ningún ruido. Su cara reflejaba algo de extrañeza, pero pronto se percataría de lo que estaba por suceder. Me arrodillé con habilidad sobre los reposabrazos del sillón y acerqué mi miembro a sus labios. Los acaricié con el glande e inmediatamente sacó la lengua con una media sonrisa.

“Chupa…” susurré. Mi pene entró en su boca hasta casi la totalidad y volvió a salir a la misma velocidad. Repetimos el movimiento varias veces, mis caderas acompasadas con el meneo de su lengua recibiéndome. Me encantaba. Sin dejar de hacerlo, le quité el antifaz y dejé que mirase todo mi cuerpo mientras comía. Agarró la base de mi pene y pasó a chupar con más ganas, jadeando incluso. Mi cuerpo parecía hacerse eco del suyo y también liberé un par de jadeos. Me estaba rindiendo al placer y sentía como las riendas se escapaban de mis manos. No podía ser, quería seguir jugando, quería seguir prolongando el deseo, pero me sentía débil ante mis ganas de él.

Me dejé llevar. Me tumbé en el sofá y dejé que él se colocase entre mis piernas para seguir su felación. Sólo se detuvo para colocarse a mi altura y besarme. Acompañé el momento arañando su espalda y apretando las caderas para sentir mejor su erección contra mí. El masaje se convirtió entonces en una especie de lucha cuerpo contra cuerpo. Éramos todo sensaciones: la del beso, la de nuestros genitales en contacto, la de nuestros torsos rozándose, nuestros suspiros encontrándose una y otra vez, la oreja de uno rindiéndose a los dientes del otro…

Nos giramos y yo ocupé el lugar superior. Atrapé sus brazos y lo besé con fiereza mientras juntaba mi erección con su culo. Sus piernas se abrían y flexionaban ligeramente como para recibirme.

-Por favor, fóllame- me suplicó.
-¿Sí? ¿Quieres que te dé bien duro, nene?- dije mientras acariciaba su glande con un par de dedos.
-Hazlo. Hazlo, por favor- me costaba resistirme a su jadeante petición.

Me detuve un par de segundos a observar su sudor y alcancé de la mesa el bote de lubricante que trajimos del dormitorio “por si acaso”. Eché un poco en un par de dedos y los llevé al punto de encuentro. Masajeé un poco su ano para luego introducir uno de mis dedos y seguir masajeando. El segundo dedo siguió al primero y busqué el clímax de su anatomía interna. Me sorprendió un inesperado gemido de intensidad media. Sonreí fuertemente, lo encontré. Saqué un poco los dedos y los volví a introducir. Repetí unas cuantas veces más y me senté bien cerca preparándome para entrar en él. Los saqué definitivamente y nos miramos como acordando lo que venía.

Hicimos contacto y empujé muy levemente. Un par de gemidos suaves se ahogaban en un cojín cercano y mi pene se adentraba muy lentamente en su cuerpo. “Muy bien, nene”.
Sujeté la base de sus piernas para poder empujar más al fondo y de nuevo otro gemido ahogado. Cerré los ojos ante la dulce sensación de su calor interno y me recreé en salir y volver a entrar lentamente hasta lo más profundo.

Y no, aquí no acababa la noche. Ni siquiera habíamos alcanzado el punto más álgido de la misma. Tan sólo… habíamos pasado del preliminar al acto en sí. Se hizo sumamente delicioso, mis embestidas fundiéndose con unos gemidos que, provenientes de su voz, parecían manifestar mi propio goce. Dos cuerpos sudando más y más, jugando a encontrarse, alejarse y volverse a encontrar. El movimiento rítmico y hábil de mis caderas junto a unos besos en ocasiones dulces, en ocasiones puramente eróticos.

La noche daba para mucho.

Y sí. Continuará…

    ©Leo Sarmed. 2016.

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